Juntos despertamos, el tiempo hace
o deshace,mientras tanto
no le
importa tu
sueño ni mi sueño.
Somos torpes, o demasiado cautos.
Pensamos que no cae esa
gaviota,
creemos que es eterno este
conjuro, que la batalla es
nuestra
o de ninguno. Juntos
vivimos,
sucumbimos juntos, pero esa
destrucción es una broma,
un
detalle, una ráfaga, un vestigio
y un abrirse y cerrarse del
paraíso.
Ya nuestra intimidad es
tan
inmensa que la muerte la esconde
en su vacío. Quiero que me
relates
el duelo que te callas. Por mi parte,
te
ofrezco mi última confianza.
Estás sola,estoy
solo, pero a veces
puede la soledad ser una llama.
El otoño se acerca con muy poco ruido:
apagadas cigarras, unos grillos
apenas,
defienden el reducto de un verano
obstinado en perpetuarse,
cuya suntuosa
cola aún brilla hacia el oeste.
Se diría
que aquí no pasa nada, pero un silencio
súbito ilumina el
prodigio: ha pasado
un ángel que se llamaba luz, o fuego,
o vida.
Y lo perdimos para siempre.
Acostado a tu lado, oigo los trenes.
Cruzan mi frente sus fugaces luces
rasgando el horror tibio de esta noche.
La pausa de silencio me deja una luz roja,
una nota sobre este pentagrama de
cables y de vías oscuras y brillantes.
Acostado a tu lado, oigo cómo se alejan
con el ruido más triste. Quizá me he
equivocado no subiendo a uno de ellos.
Quizá el último acierto sea -abrazado
a ti- dejar pasar los trenes en la noche.
Todo lo consumado en el amor
no será nunca gesta de gusanos.
Los despojos del mar roen apenas
los ojos que jamás -porque te vieron-,
jamás se comerá la tierra al fin del todo.
Yo he devorado, tú me has devorado
en un único incendio.
Abandona cuidados: lo que ha ardido
ya nada tiene que temer del tiempo.
El muro de Berlín que te rodea
debe ser abatido pieza a pieza;
yo
colaboraré en esa tarea,
pero el desmantelar tu fortaleza
debe empezar
por rechazar la idea
de que es debilidad la gentileza.
Eres frágil…y
¿qué? Así es la rosa,
y entre las flores es la más hermosa.
La vida cotidiana es un instante
de otro instante que es la vida total
del hombre, pero a su vez cuántos
instantes no ha de tener ese instante
del instante mayor. Cada hoja verde
se mueve en el sol como si perdurar
fuera su inefable destino, cada gorrión
avanza a saltos no previstos como
burlándose del tiempo y del espacio,
cada hombre se abraza a alguna mujer
como si así aferrara la eternidad.
En realidad todas estas pertinacias son
modestos exorcismos contra la muerte,
batallas perdidas con ritmo de victoria,
reos obstinados que se niegan a notificarse
de su injusta condena, vivientes que se
hacen los distraídos.
La vida cotidiana es también una suma
de instantes, algo así como partículas de
polvo que seguirán cayendo en un abismo,
y sin embargo cada instante, o sea cada
partícula de polvo es también un copioso
universo con crepúsculos y catedrales y
campos de cultivo y multitudes y cópulas y
desembarcos y borrachos y mártires y colinas
y vale la pena cualquier sacrificio, para que
ese abrir y cerrar de ojos abarque por fin el
instante, universo, en el que con una mirada
no se avergüence de su reveladora,efímera,
insustituible luz.
La meta es como un túnel, se nutre de tiniebla.
Lo propio de las alas es
quemarse
cinco minutos antes de llegar hasta el sol.
Toda meta es un
túnel que te absorbe,
es una oscuridad que se alimenta
de tu propia
sustancia y de tu olvido,
y ese modo de muerte que es el conseguir.
Cuando uno logra un fin se queda triste.
La meta se lo traga.
Mejor ser el mejor
sin beso de champán, sin aureola.
Y el sueño se
ha quemado en su inminencia,
como sabiendo que vencer es chusco.
Tus
sueños se han quemado de pura lucidez.